Hoy, hacia el mediodía, el recientemente constituido Congreso de los Diputados, tras el pertinente discurso de investidura del candidato, réplicas de la oposición y contra réplicas, ha sido designado el nuevo Presidente del Gobierno de la nación, Don Mariano Rajoy.
En su discurso, aparte de contadas concreciones, acerca cuestiones menores, de sus intenciones en cuanto tome posesión del cargo para el gobierno de este jodido País, no ha ofrecido ninguna información precisa respecto de qué es lo que pretende hacer para resolver los graves problemas económicos, sociales y laborales, que nos tienen acogotados. Lo que viene siendo su tónica habitual desde que fuera designado sucesor del incombustible Sr. Aznar, dada su condición de gallego impenitente (pues como el del chiste, cuando te encuentras a un gallego en mitad de una escalera, nunca sabes si está subiendo o bajando, sino que depende).
Esperemos que ya que ha conseguido su propósito logrando la Presidencia del Gobierno, inicie ya -de una vez por todas- la aplicación de su recetario milagroso -si es cierto que lo tiene ¿?- para hacer que este país salga de una crisis profunda en la que estamos instalados desde hace ya demasiado tiempo, y así resuelva aquello que tanta vergüenza ajena le hacía sentir, a saber, el abultado desempleo que sufre España, con más de cinco millones de parados; las dificultades de financiación y el constante endeudamiento de las administraciones públicas; el desprestigio de la política exterior española y su escasa influencia en el ámbito internacional; etc.
Tal como están las cosas, Sr. Rajoy, no creo que disponga de los cien días de gracia, que sí gozaron sus antecesores, para permitirle hacerse a las riendas del gobierno, pues los puñeteros mercados financieros internacionales no se lo van a permitir; y, ya puestos, sus propios conciudadanos tampoco, a tenor de las expectativas que promovió antes y durante la campaña electoral que le llevó a la victoria.
Así, pues, estamos esperando ansiosos que se obren sus milagros, y parafraseando le digo: El Presidente ha muerto, viva el Presidente!
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